
Si bien es cierto que los libros de texto suponen un mecanismo de apoyo tanto para docentes como para discentes, también hay que tener en cuenta que es un arma de doble filo. Los defensores y las defensoras a ultranza de esta herramienta lo ven como un facilitador a la hora de desempeñar tu trabajo. Pero, ¿realmente lo ven como un facilitador o es que están en su zona de confort y sienten que se tambalean los cimientos si sus clases se salen de lo tradicional?
Según dice López Hernandez Ana (2007) subordinar el desarrollo de la tarea docente al libro de texto constituye un elemento de desprofesionalización. Los profesores piensan que el texto debe adecuarse a los instrumentos de planificación de la enseñanza: proyecto curricular, programaciones, etc., pero posteriormente reconocen que, en la mayor parte de los casos, es el libro de texto el que rige la vida de la clase. El hecho de que el texto esté o no por encima del resto de elementos de planificación suscita numerosas contradicciones entre el profesorado, entre lo que debería ser y lo que realmente ocurre.
Dejando a un lado el desembolso que supone para las familias los costes de estos libros al principio del curso escolar y sin entrar en que fomenta las desigualdades entre niños y niñas obviando por completo la función social de la escuela, nos vamos a centrar en analizar la parte meramente académica.
En la experiencia escolar de Patricia encontramos “El tipo de enseñanza en la facultad de Derecho de Málaga es tradicional, por decirlo de alguna manera. La mayoría de mis clases consistían en un profesor o una profesora leyendo un libro que habían escrito ellos mismos y que te obligaban a comprarte para hacer las prácticas independientemente de los recursos que tuviera el alumno y de que después se utilizase o no de cara al examen”.
Tal y como afirma Trilla Bernet Jaume, el libro de texto ha sido uno de los elementos omnipresentes en la escuela; un dispositivo tan consustancial a una forma de entender el proceso de enseñanza-aprendizaje que quizá algunos profesores no sabrían qué hacer sin él, se encontrarían desvalidos, no sabrían qué enseñar ni cómo hacerlo. Porque, demasiado a menudo, el maestro se refugia detrás del libro de texto y acaba haciendo él mismo lo que luego va a exigir a sus alumnos; recitar el manual. Y así, los libros de texto han llegado a ser como la prótesis imprescindible para suplir las carencias culturales y científicas de ciertos enseñantes.
Prescindir de los libros de texto, bajo nuestro punto de vista, siempre es un acierto. Al utilizar otras metodologías se acerca el alumnado a su contexto social, de esta manera se les motiva y se hace más atractivo el aprendizaje. Los profesores y las profesoras integran en sus propuestas pedagógicas clases más atractivas, donde además de potenciar la creatividad e imaginación del alumnado también lo hace con la suya propia.
Lorena explica en su biografía “Llegó el momento en el que fui al instituto, los 3 primeros años, es decir, desde 1º hasta 3º de la ESO recuerdo unos profesores fríos, que solo querían que el examen lo tuviéramos aprobado. Una enseñanza meramente memorística, sin ningún interés por que aprendiéramos cosas con ilusión o motivación”.
Como conclusión queremos destacar que creemos que los educadores que realmente aman su trabajo no necesitan ningún libro de texto y que cualquier profesional de la pedagogía coherente ve en los libros de texto una forma de educar mecanicista lejos de colaborar en un aprendizaje con valor de uso para nuestros niños, niñas y adolescentes.
